Colegio oficial de Químicos y Asociación de Químicos | La química de la recuperación
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La química de la recuperación

La química de la recuperación

Artículo de Javier García Martínez

Presidente electo de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada. Catedrático de química inorgánica de la Universidad de Alicante.

La química de la recuperación

 

La industria química es el segundo mayor exportador de la economía española y el principal inversor en I+D+i.

 

La química nos ofrece numerosas oportunidades para aprovechar los fondos europeos de recuperación.

 

España es la novena potencia mundial en la producción científica en esta disciplina, esencial para hacer posible la economía circular.

 

En estos últimos días, el debate público gira entorno a la agenda electoral madrileña. Se hable de lo que se hable, se lee en clave de campaña. Los grandes temas aparecen en la agenda informativa, pero desde una perspectiva política. Nos jugamos mucho en las próximas semanas. De las decisiones que tomemos dependerá si volvemos al camino de la recuperación o si perdemos esta nueva oportunidad.  Una de las alternativas más sólidas e innovadoras para aprovechar los fondos europeos y crear empleo de calidad es sector químico, que en la actualidad contribuye con el 13,7% a nuestro PIB industrial y genera casi 700.000 puestos de trabajo directos, indirectos e inducidos. Además, el 93% de los empleos del sector químico son indefinidos. La industria química es el segundo mayor exportador de la economía española y el principal inversor en I+D+i, con más de un cuarto de toda la inversión industrial en innovación. De hecho, uno de cada cinco investigadores de la industria trabaja en el sector químico. Y en 2020, cuando nuestro país perdió más de 647.000 puestos de trabajo, los empleos en este sector aumentaron en un 2%. La química constituye, por lo tanto, una base sólida sobre la que construir una recuperación basada en la tecnología, la innovación y el empleo de calidad.

La COVID-19 ha destapado algo que ya sospechábamos: que nuestra economía responde peor que otras a las crisis. España fue el país desarrollado más golpeado por la pandemia en 2020, con una caída del PIB del 11%. Tenemos delante de nosotros una nueva ocasión, más forzada que buscada, no sólo de recuperar nuestra economía, sino de prepararla mejor ante nuevas crisis. Nuestro futuro dependerá, en buena medida, de cómo utilicemos los fondos europeos de recuperación. La química nos ofrece numerosas oportunidades para aprovechar estos fondos y para alcanzar los ambiciosos objetivos que se ha fijado la Unión Europea; en particular el de descarbonizar nuestra economía para 2050.  Este desafío representa una gran oportunidad para nuestro país, que tiene una enorme capacidad de generación de energías renovables. Una de las soluciones que aporta la química para avanzar hacia este objetivo es el hidrógeno verde, es decir, aquél que se produce a partir del agua usando exclusivamente fuentes renovables. Algunas empresas españolas están dedicando los esfuerzos y recursos necesarios para liderar esta nueva industria. Iberdrola y Fertiberia han anunciado una inversión de 1.800 millones de euros hasta 2027 para impulsar el hidrógeno verde en sus plantas de Puerto Llano y Palos de la Frontera. Gracias a esta iniciativa se ahorrarán 9.000 toneladas de CO2 al año en la producción de fertilizantes y se generarán 4.000 empleos. El hidrógeno verde constituye también una alternativa sostenible a los combustibles fósiles en el transporte. Repsol, que es el principal productor y el mayor consumidor de hidrógeno de España, lidera un consorcio internacional para desarrollar en sus instalaciones de Petronor el mayor electrolizador de hidrógeno verde de Europa. Más de 70 entidades se han unido a esta iniciativa que cuenta con una inversión de 1.300 millones de euros, generará más de 8.000 empleos directos e indirectos y ahorrará 1,5 millones de toneladas de CO2 al año. El hidrógeno verde se está utilizando para fabricar combustibles sintéticos que no provienen de fuentes fósiles. Esta transformación se lleva a cabo utilizando corriente eléctrica de fuentes renovables. Pero hoy disponemos de tecnologías capaces de trasformar el CO2 en combustibles sin necesidad de utilizar energía eléctrica, solo a partir de aire, agua y la luz solar. Este es el ambicioso proyecto SUN2HY en el que trabajan Enagas y Repsol con el objetivo de transformar directamente la energía solar en hidrógeno. Para ello están construyendo en Puertollano una planta de fotoelectrocatálisis, una de las tecnologías químicas más disruptivas, capaz de consumir en vez de producir CO2.

La química también juega un papel muy importante en el diseño y fabricación de las baterías que harán posible la electrificación del transporte. Ya se han presentado varios proyectos en nuestro país para construir una gigafactoría que satisfaga la demanda de baterías de los vehículos eléctricos. Una posible ubicación es Martorell, donde se encuentra la factoría de Seat. La Comunidad Valenciana ha presentado su propio proyecto, la Alianza Valenciana de Baterías, que lidera Power Electronics. A su vez, Extremadura, País Vasco, Navarra y Andalucía han anunciado otro proyecto para construir una fábrica de baterías que podría aprovechar las reservas de litio de la Sierra de la Mosca, Cáceres. Aún no está claro qué propuesta será la ganadora, lo que sabemos es que la Unión Europea exige que los materiales más valiosos de las baterías, como el cobalto, el litio, el níquel y el plomo, se recuperen y reutilicen.  Mientras tanto, los científicos trabajan en alternativas que eviten el uso de esos elementos escasos; como las baterías que utilizan sodio o magnesio en lugar de litio, o las baterías de flujo que permiten reutilizar, casi indefinidamente, las sales de vanadio en las que se almacena la corriente eléctrica.

Y es que la química es esencial para hacer posible la economía circular, es decir, para transformar residuos en materias primas en un ciclo cerrado que limite nuestro impacto sobre el medio ambiente. Un buen ejemplo en este sentido son los nuevos plásticos reutilizables y que suponen una mejora sustancial sobre aquellos que simplemente se degradan. Estos nuevos plásticos están diseñados a escala molecular para que, mediante un sencillo tratamiento químico, se disgreguen en sus componentes básicos a partir de los cuales pueden volver a fabricarse casi indefinidamente. Estos avances suponen una oportunidad para acabar con la marea de plástico que sufrimos y un ejemplo de química circular; una nueva forma de entender la química basada en el diseño de los productos para que, una vez utilizados, puedan recuperarse y reutilizarse.

El final de esta década es la fecha límite que nos hemos dado para lograr los Objetivos de Desarrollo Sostenible, una agenda ambiciosa pero posible. Es probable que el impacto de la pandemia sobre nuestra maltrecha economía se utilice como excusa para desatender nuestro compromiso con el planeta. Esta decisión sería un grave error porque sostenibilidad, competitividad y resiliencia están estrechamente relacionadas. Las tecnologías que necesitamos para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible constituyen una oportunidad para construir una nueva economía más innovadora, crear empleos más estables y mejor pagados y un país capaz de afrontar futuras crisis.

La química no sólo es clave para la recuperación y la sostenibilidad de nuestra economía, lo es también para nuestra salud. Durante los últimos meses la química ha jugado un papel clave en la lucha contra la COVID-19. Nos ha provisto de geles hidroalcóholicos para desinfectarnos las manos, de polímeros para fabricar las mascarillas y de medicinas que alivian los síntomas de la enfermedad. También las vacunas que nos harán inmunes al coronavirus tienen mucha química. Por ejemplo, las moléculas de ARN que son la base de las vacunas de Moderna y Pfizer viajan dentro de nanopartículas hechas con lípidos y polímeros. Su composición química determina su efectividad y las condiciones en las que deben guardarse y su duración, lo que resulta fundamental para acabar con esta pandemia cuanto antes.

España cuenta con una industria química consolidada e innovadora, que genera empleo de calidad y contribuye de forma muy significativa a nuestro PIB. Nuestro país tiene excelentes investigadores, reconocidos internacionalmente, que hacen posible que España sea la novena potencia mundial en la producción científica en esta disciplina. Muchos han trabajado sin descanso durante el último año para desarrollar mejores mascarillas, medicinas más útiles y vacunas más eficaces y duraderas. Otros llevamos años investigando y comercializando nuevas formas de producir, almacenar y usar la energía. Y aunque nos queda mucho por hacer y mejorar, la química es un sector clave para salir fortalecidos de esta situación, mejor preparados para futuras crisis y para poder alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible en 2030.

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